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Casi como en plan familiar organizamos nuestra pequeña expedición hacia la reserva natural La Montaña del Ocaso, en zona rural del municipio de Quimbaya, el hogar del mono aullador.

En Montenegro abordamos un jeep Willys para avanzar hacia este lugar con la esperanza de verlos. Nuestro guía, el profesor de la Universidad del Quindío Carlos Alberto Agudelo, licenciado en biología y con un doctorado en ciencias, nos había advertido que no solo se trataba de avistar  los animales, sino de reconocer un mapatur expedicionterritorio rico en fauna y flora, en fuentes hídricas y en biodiversidad.

Luego de atravesar cultivos de café y plátano llegamos hasta esta area  protegida por la Universidad del Quindío desde 1996.   Aquí, cientos de estudiantes recorren estos caminos de maraña  para identificar miles de especies de flora y fauna, para tener una experiencia más cercana con la naturaleza y para formarse en la promoción del medio ambiente, una tarea en la que los humanos vamos reprobando.

Pero nuestro objetivo eran los monos, escuchar sus sonidos, verlos  y tenerlos cerca. Primero caminamos a través de una zona abierta, con muchas flores, pasto y con guaduales de fondo. Luego nos adentramos en el bosque, la verdadera casa de estos primates habitantes en varios países de América del Sur.

El hioides produce el sonido

mapatur aullador 2El mono aullador rojo, colorado o congo es una especie caracterizada por su color rojizo o caoba, su cara desnuda y su pelaje facial a manera de barba.

Sin embargo tiene bien ganada su fama por emitir sonidos muy fuertes que provienen de la formación del hueso hioides que actúa como una gran caja de resonancia, razón por la cual sus aullidos se pueden escuchar hasta a tres kilómetros de distancia.

Nosotros, que retomamos nuestro camino penetrando la espesura del bosque compuesto por árboles nativos de gran altura, tuvimos el primer indicio de su presencia cuando logramos captar sus sonidos, un conjunto de quejidos tan fuertes como si la selva fuera un solo llanto. Cámaras en mano estuvimos atentos a su aparición, pero nada, ni un rastro. El guarda bosques que nos acompañaba utilizó sus mejores consejos para alentar nuestras expectativas.

De pronto, en la copa de los árboles los empezamos a observar caminando muy sigilosos, rápido y como si no se quisieran dejar grabar. Fueron segundos de oro, pero además fue nuestra motivación para continuar con esta jornada cargada de nuevos conocimientos y emoción.

Durante la mañana se asomaron en varias oportunidades como para que nuestro viaje no fuera en vano. A media tarde ya teníamos lo suficiente para generar nuestro informe y para producir nuestro video.