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Por miles de años hogar de tribus indígenas como los Pijaos y los Quimbayas, la hoya del Quindío, un vasto territorio que se extiende hasta municipios como Caicedonia en el Valle del Cauca, guarda no solo las huellas de estas civilizaciones desaparecidas con la llegada de los españoles, sino sus tesoros, piezas de orfebrería y cerámica que se esconden bajo la tierra.

Dedicados al ejercicio de encontrar estas reliquias, surgieron los guaqueros, personajes históricos empeñados en obtener grandes hallazgos y con el paso del tiempo convertidos en verdaderos expertos en estas búsquedas.

Las historias que rodean esta práctica contienen tanto de ficción como de realidad. La experticia de estos empíricos se basa en las señales que ofrece el entierro, el lugar que contiene el tesoro, muchas veces a través de luces que aparecen en la oscuridad, piedras que van y vienen y los espíritus de los indígenas que se apoderan de los individuos para llevarlos hasta el sitio exacto.

Se han encontrado diversas piezas que provienen en su gran mayoría de la cultura Quimbaya. Hay más exactitud respecto a las tradiciones orfebres que a las cerámicas. Máscaras funerarias, narigueras macizas, diademas, pendientes, collares, figuras antropomorfas, poporos y un sinfín de husos han brotado de las tumbas aborígenes.

El tesoro Quimbaya, encontrado por un guaquero a finales del siglo XVIII en Filandia y compuesto por 122 piezas de oro, representa la mayor conquista extraída de la tierra.

En la actualidad, la guaquería es una práctica ilegal que muchos siguen ejerciendo, a la espera de repetir ese milagro que los consagre como verdaderos buscadores de tesoros.